| Genaro Velarde Bernal | |
| Juan Manuel Landín |
En lo concerniente a la migración hay mucho escrito, y también mucho que se ha pensado. A los fines de este trabajo hemos indagado en las ideas de algunos autores que han profundizado en el tema.
A partir de esta revisión bibliográfica encontramos que se pueden considerar una gran cantidad de variables que afectan a la migración: la voluntad de migrar, el destino, el origen, si se hace en compañía o en soledad, etc. Pero hay algo que, a pesar de todo, se mantiene como una premisa común a toda migración, y esto es que toda migración implica necesariamente un duelo.
En primer término, nos parece imprescindible aclarar los conceptos a los que nos vamos a referir en el presente escrito. Tomamos como punto de partida una idea que Grinberg & Grinberg (1984) nos exponen al respecto de la migración: “La migración propiamente dicha, es decir, la que da lugar a la calificación de “emigrantes” o “inmigrantes”, es aquella en la cual el traslado se realiza de un país a otro, o de una región a otra suficientemente distinta o distante, por un tiempo suficientemente prolongado como para que implique “vivir” en otro país y desarrollar en él actividades de la vida cotidiana”. Es necesario hacer mención de que existen, en forma general, dos modalidades de migración: una, que acontece de forma involuntaria; la otra (que es la que es la que aquí nos ocupa) es voluntaria.
Por otro lado, si analizamos el concepto de duelo desde su perspectiva etimología (Real Academia Española, 2001) nos topamos con que tiene una doble vertiente. En primer lugar, encontramos la derivación latina dollus/dolere, que implica un dolor, un sufrir y un penar. Esto estaría en concordancia con las manifestaciones comúnmente observadas y con la descripción freudiana del duelo, que incluye un “talante dolido, pérdida del interés por el mundo exterior, (…) pérdida de la capacidad de escoger algún nuevo objeto de amor, (…) extrañamiento respecto de cualquier trabajo productivo que no tenga relación con la memoria del muerto” (en nuestro caso: con lo perdido o abandonado). En segundo lugar, tenemos la derivación duellum (duo-dos/bellum-guerra), que significa guerra o combate. Es por esto que no resulta difícil pensar que el duellum latino hace referencia al acontecer intrapsíquico del duelo, que incluye lo que conocemos como “trabajo de duelo”. El duellum, pues, nos hablaría de la batalla que se suscita en el interior del aparato, cuando el Yo se muestra reticente a aceptar la pérdida que el examen de realidad intenta imponer: el objeto ya no está ahí. Por ende, podemos pensar, como lo dice Kubler Ross (2006), que el duelo como proceso implica un esfuerzo y un combate, como consecuencias de una pérdida que genera dolor.
No resultará novedoso para los familiarizados con las lecturas psicoanalíticas, ni para la generalidad de las personas, pensar que el acto de migrar es el germen que da origen a una situación de duelo. El mismo Freud, en “Duelo y Melancolía” (1915), lo menciona así: “El duelo es, por regla general, la reacción frente a la pérdida de una persona amada o de una abstracción que haga sus veces, como la patria, la libertad, un ideal, etc.” Siendo así, y partiendo de la idea de que la pérdida o abandono de la patria o lugar de origen genera un duelo, nos proponemos reflexionar sobre algunos cuestionamientos que nos surgen.
Resulta interesante pensar, por ejemplo, ¿qué es lo que se duela tras una migración? ¿Qué es lo que lleva al migrante a emigrar, cuando hablamos de migración voluntaria? ¿Cuál es el resultado de la elaboración de un duelo de este tipo? ¿la adaptación? ¿Se puede hablar de una total adaptación tras una migración?
Sabemos que sería pretensioso asumir la responsabilidad de dar una respuesta tácita a estos interrogantes; es más, ya lo sería el hecho de pretender responderlos todos. Sin embargo, intentaremos reflexionar sobre algunos de ellos y exponer nuestras ocurrencias al respecto.
Son muchas las cosas que son susceptibles de ser dueladas, pero como bien sabemos, lo que siempre se duela es lo que se ha perdido, siendo esta una pérdida de un objeto real o simbólico. Sin embargo, todo duelo implica necesariamente algún tipo de pérdida del Yo.
Ahora bien, cuando se habla de un duelo por migración no podemos pensar en que ha acontecido una pérdida real del objeto (lugar de origen), ya que el objeto no ha desaparecido, sigue ahí, incluso se puede seguir teniendo contacto con él a la distancia. Tampoco se han perdido definitivamente los objetos representativos (familiares, amigos, etc.), sino que el migrante puede tomar contacto con ellos por distintas vías y cerciorarse de que aún están en donde los dejó. Pero entonces, ¿qué es lo que pierde el migrante?
Tal vez, lo primero que pierde sea un lugar en relación a la realidad y, consecutivamente, todo lo que esto le implica. Sucede que ese lugar perdido no es otra más que la mismo desde el cual tomó sus primeras identificaciones. Se puede pensar que esto es, precisamente, lo traumático de la migración: el migrante se sorprende formando parte (y a la vez no) de un entorno que le es ajeno, entorno que él mismo desconoce y que a su vez lo desconoce.
De la misma forma lo piensan Grinberg & Grinberg (1971), cuando nos dicen que: “Afrontar la migración involucra afrontar la pérdida simultánea de numerosos objetos, vínculos, ámbito familiar e idioma, y ser capaz de una flexibilidad y estabilidad suficiente como para desarrollar la vida cotidiana en el otro país [o lugar de destino]. (…) La migración es una situación traumática múltiple que implica numerosos cambios de la realidad externa con la consiguiente repercusión en la realidad interna.”
Sabemos que un sujeto o, al menos, parte considerable de este, es producto de un complejo de identificaciones cuyas vicisitudes dan como resultado algo que llamamos personalidad. Aspectos que van desde los, aparentemente, más simples como la nacionalidad, el dejo regional y las costumbres, hasta las más complejas con los objetos de amor, todas ellas no elegidas e incorporadas desde los primeros años de vida, se ven cuestionadas por el acto de migrar. Algo similar encontramos en las ideas de Grinberg & Ginberg (1971): “Las migraciones acarrean cambios que abarcan un gran espectro de las relaciones objetales externas y quitan estabilidad al sentimiento de identidad”.
Tal vez, la magnitud de esto que pretendemos describir sea más clara si consideramos las ideas de Rodríguez-O´connor (2006) cuando dice que “la identificación, el lazo afectivo (...) al lugar de nacimiento es parte de nuestra identidad (...) Unas líneas después afirma: “Hablar de identidad nacional es hablar de una identidad que hace referencia a ese punto del narcisismo. Una identidad cerrada en lo nacional es una identidad narcisista. (...) El lugar donde nacemos, que además no elegimos, es el lugar del narcisismo.”
Vale la pena mencionar, a manera de paréntesis, que estas ideas no son novedosas. Ya en el año de 1509, en un contexto totalmente diferente, Erasmo de Rotterdam, en su Elogio de
Siguiendo con esto nos resulta interesante hacer referencia a una idea propuesta por Grinberg & Grinberg (1971), que además consideramos relacionada con lo citado de Rodríguez-O´connor (2006) y permite echar luz a nuestras reflexiones: “El concepto de que el desarrollo y afianzamiento del sentimiento de identidad se basa en las identificaciones introyectivas asimiladas está presente, de una u otra manera, explícita o implícitamente, en casi todas las definiciones sobre identidad. Y, sabemos también, que las identificaciones resultan del interjuego de los mecanismos introyectivos y proyectivos.”
Esto nos permite pensar que tras una migración se han de poner de manifiesto, a consecuencia del cuestionamiento que impone la nueva realidad, todas aquellas identificaciones asociadas con el lugar de origen, que forman parte, junto con otras, de los cimientos del Yo y por tal se les podría considerar identificaciones narcisistas.
Es evidente que con estas migraciones advienen cambios culturales, se pierden vínculos y el significado de algunas palabras tanto como el modo en que se las usa varía según la zona en la que se habita. Es por esto que pensamos que uno de los aconteceres tras la migración es una afronta narcisística,que desemboca en un duelo por lo más inmediato abandonado y por lo que se abandonará paulatinamente. No queremos decir que las primeras identificaciones serán desplazadas por las nuevas. Unas podrán ser transformadas y cambiadas; otras, servirán como cimientos a las nuevas y se sumarán a ellas modificando progresivamente la imagen que el individuo tiene de sí mismo.
Tras lo anterior es claro que coincidimos con Grinberg & Grinberg (1971)cuando afirma que: “La migración es un cambio, sí, pero de tal magnitud que no sólo pone en evidencia, sino que también en riesgo la identidad. La pérdida de los objetos es masiva, incluyendo los más significativos y valorados”
Ahora bien, podemos nombrar dos grandes maneras de enfrentar la pérdida que trae consigo una migración. La primera implica enfrentar la pérdida y atravesar el duelo consecuente. Este es el camino deseable a recorrer. La segunda es la reacción melancólica que implica no sólo la pérdida de un objeto real o simbólico, sino también un aspecto del Yo del sujeto migrante, que no puede ser separado de esta.
Se piensa como pérdida del Yo porque hay una internalización anterior del objeto que se pierde. En el duelo se da una pérdida de algo que es Yo y no Yo a la vez. Es parte del Yo y a la vez también es algo distinto del mismo, un objeto. En la melancolía la elección de objeto es narcisístico; consecuentemente, el sujeto vivencia al objeto perdido como una pérdida inconsciente de su ser.
Uno de los observables de mayor vistosidad que podría apoyar estas ideas es la exacerbación de este tipo de identificaciones a las que nos hemos referido (narcisísticas), lo cual se podría entender a la luz de lo Freud (1930) llamó, casi poéticamente, “el narcisismo de las pequeñas diferencias”. Y esto no causa sorpresa alguna, ya que junto con la realidad que el migrante abandona, se abandona un lugar, un espacio que ocupaba en relación a otros que lo reconocían como igual. Ahora, el migrante ocupa un lugar cuyo significado lo otorga la diferencia, uno que es reconocido por otros, sí, pero por lo distinto, por lo des-semejante, por lo que no es. El migrante es definido, pues, en esta nueva realidad, por un “no es yo” o un “no es nosotros”.
Así, pensamos que en un intento por conservarse y autodefinirse, el migrante sostiene, expone, y en ocasiones magnifica considerablemente aquellas identificaciones narcisísticas que se puedan ver amenazadas y cuya amenaza podría vulnerar, incluso, aspectos de la propia personalidad. Esto es claramente observable en los migrantes que continúan hablando con su acento casi “inmutable” o en quienes les resulta imposible aprender un nuevo idioma. Pensamos que ante estas situaciones subyace, con evidencia, una dificultad para desprenderse del posicionamiento anterior y a aceptar la nueva “realidad” que se debe encarar.
De otro tipo pueden ser las características que se hacen principalmente notorias tras este tipo de pérdidas: cuando el sujeto se mimetiza en el acto con su nuevo medio y se pone de manifiesto un pérdida inmediata del acento con el que se hablaba. Este último caso puede ser pensado como una sobreadaptación a la situación que se vivencia. En este caso, ¿Es duelo? ¿Es adaptación? ¿Cómo se puede pensar la relación entre adaptación y duelo? ¿Cuánta adaptación es posible? ¿Cuáles son las formas posibles de resolución de un duelo de esta índole? ¿Es una resolución volver a la tierra de origen? ¿Cómo puede ser entendido el agrupamiento de coterráneos?
Un ejemplo de esto que podríamos citar, es lo que se observa en los adolescentes que emigran con la finalidad de estudiar del interior hacia
Muchas cosas nos quedaron por ser vistas y repensadas que nos resultaría difícil abarcar en este escrito. Sin embargo, hemos llegado a una conclusión: Toda migración precisa un duelo. Todo duelo requiere un proceso. Todo proceso necesita de su tiempo para lograr los movimientos y cambios necesarios para redefinir la identidad del migrante. Por tanto, toda migración implica una modificación en las identificaciones que hacen a la identidad del migrante.
Buenos Aires, Argentina
17 de Septiembre de 2009
Bibliografía
Freud, S. (1915). Duelo y Melancolía. Tomo XIV. Buenos Aires Argentina. Editorial Amorrortu. 2000
Freud, S. (1930). El Malestar en la Cultura. Tomo XXI. Buenos Aires Argentina. Editorial Amorrortu. 2000
Grinberg, L. & Grinberg, R. (1971). Identidad y Cambio. Buenos Aires, Argentina. Ediciones Karieman.
Grinberg, L. & Grinberg, R (1984), Psicoanálisis de la Migración y del Exilio. Madrid, España. Alianza Editorial.
Kübler Ross, E. (2006) Sobre el duelo y el dolor. Santiago, Chile. Editorial Luciérnaga Océano S.L.
Real Academia Española. (2001). Diccionario de la lengua española, vigésima segunda edición. Recuperado 15 de Agosto de 2009, de http://www.rae.es
Rodriguez-O´Connor, J. (2006) Revista del centro psicoanalítico de Madrid: Edición n° 10. Migrando en la identidad. Recuperado 13 de Agosto de 2009, de http://www.centropsicoanaliticomadrid.com/revista/10/art3.html
Rótterdam, E. (1509). Elogio de la locura. Madrid España. Editorial Unidad. 1999